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Las consecuencias de la leishmaniasis

La leishmaniasis mucocutánea

Esta forma de leishmaniasis se caracteriza par la formación de úlceras crónicas en el lugar de las picaduras del flebótomo, casi siempre en los brazos, las piernas y la cara. Más adelante aparecen heridas horrendas que recuerdan las que son generadas por la lepra. Las úlceras y las heridas se desarrollan durante varios meses y acaban dejando cicatrices en la piel. Cuando las heridas se sitúan a proximidad de las articulaciones, también pueden reducir la movilidad.

La leishmaniasis mucocutánea

Además de la piel, también se ven afectas las mucosas de la nariz y la garganta. El parásito es a veces tan agresivo que el tabique nasal resulta totalmente destruido. El enfermo presenta entonces una nariz achatada y un rostro deforme. Las horribles deformaciones subsisten después del tratamiento.

La leishmaniasis visceral

Esta variante es extremadamente mortal. La persona enferma padece fiebres altas, anemia, un aumento del tamaño del bazo y un fuerte adelgazamiento. Si no recibe tratamiento, aproximadamente el 90% de los enfermos con esta forma de leishmaniasis muere en menos de dos años.

La leishmaniasis cutánea atípica

El enfermo que padece esta forma de leishmaniasis presenta nódulos, principalmente en la cara. En ausencia de tratamiento, estos nódulos tardan varios meses, y hasta años en evolucionar. Afortunadamente no dejan ninguna cicatriz. Se están actualmente desarrollando estudios para determinar si la leishmaniasis cutánea atípica puede evolucionar hacia una leishmaniasis visceral.

Marginación social

Más allá de las consecuencias corporales, la leishmaniasis también tiene repercusiones en el estado anímico y en las relaciones sociales de los enfermos. Igual que los enfermos de la lepra, las personas que padecen leishmaniasis se ven a veces excluidas y confinadas, y hasta pueden sufrir las peores humillaciones.